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7/4/13

Abre los ojos


Abre los ojos




“El camino hacia el fin es duro, aun cuando se busca”


Abrió los ojos, y al momento el peso de la realidad cayó sobre ella, como si una lápida funeraria fuera.
Estaba en la cama de un hospital, conectada a cables y tubos. Su muñeca izquierda, atada con unas esposas a la barandilla de seguridad de la cama. La cabeza le iba a estallar de dolor. Y justo al lado de ese dolor, todos los recuerdos estaban también allí presentes, haciéndole el mismo daño de siempre. Ni tan siquiera le habían dado la más mínima oportunidad de poder llevar a cabo sus planes, había elegido su opción, y Dios sabe que había intentado llevarla a cabo. Pero en el último momento alguien se interpuso entre la muerte y ella, y no la dejó terminar su trabajo.
Unas silenciosas lágrimas corrieron por sus mejillas desde sus ojos, sin permiso ni previo aviso. No eran lágrimas de tristeza ni de dolor. Eran de rabia. La misma rabia que la había empujado horas, tal vez días, pues no sabía cuánto tiempo llevaría allí, antes a hacerlo. Una inmensa rabia, fruto se su enojo con la vida, y con toda la raza humana. Ella simplemente quería ser feliz, como cualquiera. Y la puta vida se reía y burlaba de ella siempre, poniéndole al alcance de sus manos toda esa felicidad, y en el momento que iba a asirla fuerte, se la arrebataba. La puta vida siempre se la arrebataba.

La puerta de la habitación se abrió, e instintivamente cerró los ojos, no quería ver a nadie, y mucho menos hablar con nadie, con cualquiera de los médicos que la iban a tratar, otra vez. Oyó unos pasos que se aproximaban a ella, los justos que separaban la cama de la puerta. El sonido de un cuerpo pesado sentándose en el sillón al lado de la cama, y un bronco suspiro de resignación que llenó el espacio de un desagradable olor a tabaco. La curiosidad la corroía por dentro, tanto o más incluso que el dolor, y por un instante estuvo a punto de abrir los ojos. Instante que se esfumó con la voz cavernosa, fría y cortante que salió de su acompañante.

-Si abres los ojos para verme, será lo último que veas en tu desgraciada vida. Piénsalo bien antes de hacerlo, porque sé que a pesar de lo que has intentado antes, no quieres esto. No aun.

El instinto, o tal vez fuese el miedo, la hizo apretar los párpados, corroborando así las palabras del extraño. Los apretó hasta que su boca se abrió al elevar las mejillas para apuntalar sus párpados bien, y con la misma fuerza gritó. Con toda la potencia de sus pulmones. Mas ni un solo sonido salió de su garganta. Una mano grande y helada tapó su  boca, impidiendo así que saliera todo su miedo y dolor de ella. La misma mano le impidió tomar aire, y entonces sí fue cuando empezó a sentir miedo de verdad.

-¿No era esto lo que querías? ¿Lo que buscabas en la bañera? Pues hoy es tu día de suerte. Lo vas a tener, y te lo voy a servir en persona.

Los pulmones le dolían, intentando en vano buscar aire para llenarlos mientras se replegaban sobre sí mismos por el vacío. Luchó como una fiera, intentando soltarse de las esposas, mientras sentía que le cortaban la muñeca, dañando su piel en un gran corte de donde manaba la siempre escandalosa sangre. Su brazo derecho quedaba aprisionado bajo lo que ella supuso era el corpulento cuerpo de aquel hombre que ya la sujetaba por los hombros, riendo sobre ella, exhalando en cada carcajada su pútrido aliento, que la helaba. La risa, semejante a la de las hienas, de su torturador se le clavaba en los tímpanos, haciendo que estos le martillearan hasta las sienes.
Los segundos pasaban y todos sus esfuerzos por librarse, por respirar empezaban a agotarla. Se sentía sudorosa, mojada. Todo su cuerpo era un río de lágrimas, sudor y sangre. La empapaban.

-¡Oh! Vamos, no te resistas. ¿Acaso no era esto lo que deseabas? ¿No tenías una buena razón para hacerlo? Pues entonces sé consecuente con tu elección y afronta tus actos. Ahora no me vengas con que tienes miedo. Solo tienes que abrir los ojos y dejarte llevar. Ven conmigo a mi reino, y te haré mi reina. Vamos, abre los ojos.

Todo lo tuvo claro en ese momento. Si abría los ojos, moriría. Sacudió su cuerpo debajo de su captor con las pocas fuerzas que le quedaban en su diminuto organismo. Luchó como un animal herido por quitárselo de encima, pero le iba ganando el terreno. Se sentía atrapada, sin poder respirar. Y cuando pensaba que las cosas no podían empeorar, lo hicieron. Sintió la lengua sucia, viscosa y fría del tipo pasearse por su cuello. El aliento, también frío, la acariciaba brutalmente, despertando en sus entrañas las ganas de vomitar.

-Sé que te gusta, así que solo déjate llevar.

El frío iba adueñándose de su cuerpo allá por donde esa maldita lengua la iba babeando.

-¡Abre los ojos y mírame, zorra!

Le increpó a gritos, dejando ver entre sus palabras toda la oscuridad y maldad del alma. Dejó de luchar, agotada. Sabía que era ya una batalla perdida.

-¡Abre los ojos!

Sus párpados se relajaron. Ya no los apretaba con la fuerza de antes. Y las esposas dejaron de herirle la muñeca, donde un enorme corte sobre las venas sangraba sin pausa.

-¡Maldita sea! ¡Abre los ojos, por el amor de Dios!

La voz a su lado ya no era cavernosa, sino apremiante. Su boca estaba libre de la mano gigante que le impedía respirar. Con ansias, llenó sus pulmones de aire, del tan necesitado oxígeno para poder vivir. Sintió cómo tiraban de su cuerpo, y en un chapoteo la cogieron en brazos. Sentía su ropa mojada pegada al cuerpo, haciéndola tiritar de puro frío. Ya no se sentía atada a la cama, sin embargo sí sentía que le apretaban la muñeca herida, causándole un enorme dolor. Ese dolor la hizo gritar, y en esa ocasión de su garganta sí salió un grito, como el del primer llanto de un bebé cuando nace. El llanto que le trae a la vida.

-Vamos, sé que estás ahí, te acabo de oir. Abre los ojos, solo para confirmármelo. Por favor, ábrelos.

Ya no era la voz de antes. Esta era una voz amiga, impregnada con tintes de miedo, ruego, y esperanza. Una voz que la esperaba ahí, al otro lado, dándole seguridad.
Y lentamente los abrió.
Sus ojos vidriosos, perdidos, buscaron enseguida los de su salvador. Éste, por su parte, la miraba clínicamente, estudiándola. Una mirada del azul del cielo, limpia y trasparente. ¿Sería esa la señal que durante tantas noches esperó? ¿El rayo de luz que tantas veces había clamado al cielo? ¿El camino que la devolvería a la vida?

-Gracias. No temas nada, estás a salvo. Ahora ciérralos si quieres y descansa. Yo cuidaré de ti.

Aquel desconocido que le habló mientras apartaba el pelo mojado de su frente le inspiró toda la confianza del mundo. Sabía que no le mentía, y que cuidaría de ella. Tragó saliva atropelladamente mientras la envolvía en una manta. Miró su muñeca herida, la tenía vendada. Se agarró con la mano buena a la chaqueta de su salvador, como si se agarrara a la vida, y sin miedo alguno, sabiéndose lejos del primero, cerró los párpados, agotada. A lo lejos ya, lo oyó dando instrucciones a alguien. Pero no entendió nada, ni quería en esos momentos saber nada.

-La tenemos, hemos llegado a tiempo. Estaba inconsciente en la bañera, pero al parecer no ha perdido mucha sangre, y ha vuelto en sí. El corte es profundo, esta chica iba en serio. Será mejor que nos vayamos. Ve despejando la entrada y abriendo las puertas de la ambulancia. Si hay algún familiar puede venir con nosotros. Cuando se recupere va a necesitar mucho apoyo y comprensión de todos ellos.

2 comentarios:

EldanY dalmaden dijo...

Abro los ojos y veo este buen relato.
Por desgracia, mucha gente no tuvo la suerte que esta chica y acabó con su vida.
Veo que has reformado el blog ;)
jejeje, estás de obras :)

Un abrazo maja

Tamara dijo...

guauuu, entre y me parecio estar llegando a un blog desconocido jajajaja, mola el cambio jejejeje. Por cierto que muy buen relato, ojala la gente se diera cuenta de que nada, ningun disgusto o problema vale la pena para morir por ello. Un beszo.