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11/7/11

La hija de Juan Simón

Con este triste y sobrecogedor relato participé en el concurso de Alas para volar, de Iris Martinaya.
Aquí os lo dejo hoy para poder disfrutarlo nuevamente:




LA HIJA DE JUAN SIMÓN:



Cuando acabé mi condena
Cuando acabé mi condena,
Me vi muy solo y perdío.


En una endeble maleta de cartón de diminutas dimensiones llevaba todo lo que tenía por equipaje. Una muda limpia, él mismo se había asegurado de que estuviera limpia el día que lo dejarían en libertad. El reloj de su abuelo, parado hacía ya tantos años algunas horas después de que lo detuvieran, y que guardado con el resto de sus pertenencias, nadie había dado cuerda ni puesto en hora desde entonces. Un encendedor de mecha, ya inútil. Una navaja albaceteña. Y unas pocas monedas.
Con las monedas había comprado el billete en el mismo autocar, que le dejaría en el pueblo.


Ella se murió de pena,
Y yo que la causa he sío
Sé que murió siendo buena.
Ella se murió de pena,
Y yo que la causa he sío
Sé que murió siendo buena.


Nadie le esperaba en ningún lado, y menos allí. Pero se veía en la necesidad de ir. Era lo único que su corazón le había pedido desde que lo encerraron. Tenía allí una cuenta pendiente, que debía saldar para bien o para mal. Sabía a lo que se enfrentaría, pero le daba ya igual. Todo le daba igual desde que recibió aquella escueta carta de su primo. Desde entonces aquella simple hoja de cuadros arrancada de un tirón de una libreta, que su primo había tenido a bien mandarle para darle tan trágica noticia, le había marcado el alma y el corazón, embargándolo de pena y de soledad. Y ahora le quemaba la piel en el pecho, donde la llevaba guardada, doblada, en el bolsillo de la camisa.

El autocar lentamente le iba acercando a aquella época donde la conoció. A escondidas empezaron a verse detrás de la tapia del cementerio, donde se enamoraron. Fueron los mejores días de su vida, hasta que su padre, el enterrador del pueblo, los descubrió.
Juan Simón era un hombre recto, serio, poco amigo de la fiesta, y ante todo un padre receloso, pues había enviudado siendo su hija una criatura, y desde entonces lo había sido todo para ella. No le hizo ninguna gracia que su hija andara a la hora de la siesta con el sobrino desoficiado del lechero. Pero el muchacho no era mala persona, y a regañadientes, consintió que se vieran, eso sí, siempre en presencia de él o de su hermana.

El traqueteo del desvencijado vehículo, bajando ya la empinada cuesta sin asfaltar que lo dejaría en la puerta de la iglesia del pueblo, lo sacó de su letargo. Perdido, como otras tantas veces, en aquellos recuerdos de un tiempo pasado donde fue feliz. Esa era su vida desde que aquella carta llegó a sus manos. La evasión a aquellos tiempos. Así dejó de buscarse líos en la cárcel. Así dejó las malas compañías. Así se hizo el hombre de bien que se creía. Ahora, que era demasiado tarde para ella.
Fue el único pasajero en bajarse allí. Cerró la puerta del autocar, y éste siguió su ruta por el camino de tierra hacia el próximo pueblo. Nadie había por los alrededores. El sol del mediodía caía a plomo. Era el mes de la siega, y todos andarían en esos menesteres. Se quedó allí clavado, delante de la puerta de la iglesia, desde donde una solitaria imagen de la patrona del pueblo lo observaba desde su privilegiado puesto. El seco viento que soplaba, arrullado por el canto de las chicharras, le golpeó, furioso. Era la primera bofetada que sabía que recibiría. Y todas serían merecidas, y recibidas con humildad y dolor. La humildad del culpable, y el dolor de la pérdida.


Agarró con desgana el cordel que hacía las veces de asa de la maleta, y se dirigió lentamente, hacia la única calle del pueblo. El resto de las casas estaban dispuestas sin ningún orden aparente, alrededor de dicha calle y por detrás de la iglesia; todas orientadas hacia el sur. El cementerio quedaba detrás de una pequeña loma, al otro lado de la iglesia. Y en lo alto de la loma, la casa del enterrador.
Al principio no quiso mirarla, pero deteniendo su paso, lo hizo. No era ni la sombra de la casa que él recordaba. Una casa humilde pero bien cuidada, enjalbegada año tras año. Vestida siempre por un enorme parral en la puerta, dando una agradable sombra. Flanqueado a la izquierda por el jazminero, que con su perfume ambientaba las alegres tardes de plática que recordaba. Y a la derecha la madreselva, su favorita, con sus flores moradas, con las que a ella le encantaba adornar su largo pelo. Más allá tenía un hermoso jardín donde ella plantaba todo lo que caía en sus manos, y cuidaba con esmero. Recordaba las rosas de varios colores, los alelíes, los claveles, los lirios, los dientes de león, las caléndulas, y muchas otras flores que le iba mostrando. Pero él tan solo tenía ojos para la flor más bonita del jardín, ella.
 Todo aquello había desparecido, dando paso a una casa de aspecto triste y ruinosa, sin ninguna planta alrededor, y con el blanquear de sus paredes ya olvidado. Le dolió ver toda esa desolación. Y con ese dolor reflejado en sus ojos, apartó la mirada, y retomó su paso hacia la calle principal.

A lo lejos lo vieron desde el único surtidor del pueblo, el cartero y su hijo que se afanaban en  inflar las desgastadas ruedas de la bicicleta de éste. Al pasar a su lado, el hombre escupió a sus pies, mientras le oía decir algo así como “desvergonzado”. Él tan solo bajó la cabeza, dándole la razón, y siguió su camino.
Desde la barbería lo vieron el barbero y los tres vecinos que allí andaban de tertulia. La puerta y las ventanas estaban abiertas de par en par por el calor, y la tertulia cesó al verlo deambulando como una sombra por la calle. A sus oídos llegaron palabras en el mismo tono que las del cartero, tales como “desgraciado” y “delincuente”. Con un leve asentimiento de cabeza, volvió a darles la razón.
Una mujer que limpiaba afanosamente las rejas de las ventanas de su casa mientras tarareaba una coplilla, dejó su tarea al verlo. Ella fue más valiente que los hombres con los que se había cruzado, y le gritó fuera de sí “¿A qué vienes ahora, asesino? ¿A reírte de su dolor?” No contenta con eso, cogió el cubo con agua, ya sucia, que tenía a su lado y se lo vació, mojándole los pantalones. Él ni tan siquiera desvió sus pasos para evitarlo. Todo lo que le hicieran o dijeran sería poco, por todo lo que había hecho.

Encaminó sus pasos hacia la última casa de la calle, la casa de la hermana del enterrador, donde esperaba encontrarlo. Las puertas estaban abiertas como era costumbre en los meses de verano, y en el interior vio a la ama. Ésta salió echa una fiera en cuanto lo vio. “¡¿A qué has vuelto, canalla?!” La violencia de las palabras de la mujer le echaron para atrás, y justo cuando salía a la calle enarbolando el cepillo de barrer, una voz ronca, familiar, la detuvo. “¡Déjalo! Ya me encargo yo”.
La mujer se hizo a un lado, y del interior de la casa salió Juan Simón.


La enterraron por la tarde
A la hija de Juan Simón,
Y era Simón en el pueblo
Y era Simón en el pueblo,
El único enterraor.


Igual que su casa, el hombre no era ni la sombra del que fue. Encorvado, la mirada perdida, subrayada por sendas ojeras lívidas. La barba de varios días, el cabello, ahora gris y en mechones disparejos. Y su cuerpo, la mitad que antaño.
No pudo mirarlo de frente, y avergonzado, pensó que tal vez había cometido un gran error al volver al pueblo. Vio cómo el enterrador se le acercaba con pasos cansados y, sin pararse siquiera a su lado, le dijo “Sígueme” con una voz átona.

Ambos cruzaron el pueblo, siguiendo la calle principal. Ambos fueron seguidos con las miradas de los vecinos que momentos antes habían recibido indignados al intruso. Pero ahora los sentimientos de todos, de la mujer que limpiaba las rejas de la ventana, del barbero y amigos, y del cartero y su hijo con la bicicleta tirada en el suelo; eran otros. Pues vieron cómo la desolación y la pena seguían muy de cerca a aquellos dos hombres que habían perdido la razón de sus existencias.


El mismo a su propia hija
Al cementerio llevó,
Y él mismo cavó la fosa,
Y él mismo cavó la fosa
Murmurando una oración.


Al llegar a la puerta de la iglesia tomaron el camino del cementerio, rodeando la loma donde estaba la casa de Juan Simón. El mismo recorrido que aquel día, sin llegarle la camisa al cuerpo, tuvo que hacer Juan Simón solo, con su hija de cuerpo presente. Lo recordaba como si hubiese sido el día anterior. Y su corazón se encogía con cada paso que daba acercándolo al camposanto.
Las viejas rejas oxidadas de la puerta del cementerio les dieron la bienvenida a ambos. Al primero como cada día, ya fuera por trabajo o por la costumbre de ir a visitar a su hija. Al segundo, recordándole que la muchacha de mirada límpida y llena de vida y amor que lo enamoró detrás de su tapia, ahora reposaba en su interior. Desde los cipreses centenarios que presidían el lugar santo, los gorriones jugueteaban ajenos, como siempre, a las tragedias humanas que aquel lugar pudiera albergar. Mas su alegre gorgoteo no llegó a aquellos dos hombres que se adentraban, en silencio, en aquel mundo de cruces de granito, flores resecas, sueños rotos y fotos de hombres y mujeres ya mudos.

Juan Simón sorteó todos los nichos y cruces conociendo de sobra el camino que le llevaba a uno del fondo, protegido por la sombra de uno de los cipreses, pegado a la tapia. Cuando, deshecho en mil pedazos, tuvo que decidir dónde cavar la fosa de su propia hija, recordó su amor por las flores, y en aquel rinconcito florecían en primavera amapolas y margaritas. Y la tapia se cubría de madreselvas de flores moradas, como las que un día, de niña, le hizo plantar en la puerta de casa. Llegó delante de la sepultura de su hija, y como cada vez que se ponía ante ella, murmuró una aprendida oración. La misma que murmuró aquella tarde una y otra vez, cavando la que sería la última morada de su hija.


Y como en una mano llevaba la pala
Y en el hombro el azadón,
Sus amigos le preguntan
Y todos le preguntaban
De dónde vienes Juan Simón.


Los dos hombres se quedaron mirando aquella sencilla lápida, y la modesta cruz que la coronaba. “Aquí la tienes” fue lo único que le dijo Juan Simón, con la voz tan reseca como su alma, cuando lo llevó delante de la sepultura. Pasaron unos minutos en donde los dos hombres, en silencio y tan solo con la compañía del dolor, repasaron una y otra vez el nombre, letra a letra, como si realmente no fuese cierto que fuera ella, la que ocupara  esa sepultura. Le sobresaltó la mano del enterrador en su hombro, áspera, sin fuerzas en aquel apretón que le dio, sin saber cómo interpretarlo realmente. Su voz acompañó el gesto, “Aquí enterré mi corazón”.


Soy enterraor y vengo,
Soy enterraor y vengo,
Soy enterraor y vengo
De enterrar mi corazón.


 Y como si se lo hubiese tragado la tierra, Juan Simón desapareció. O eso le pareció a él, porque ya en el mundo tan solo existían él y esa sepultura. No había nada más orbitando alrededor del sol. Los ojos se le anegaron de lágrimas, reticentes a salir. Todas aquellas que a lo largo de los últimos años no había dejado escapar, que le estaban ahogando el alma y el corazón.
Cayó de rodillas a los pies de la lápida, negando con la cabeza una y otra vez, sin terminar de creerse que todo era cierto. Y allí permaneció horas enteras, mientras el sol caminaba lentamente hacia su ocaso. Las chicharras dejaron de cantar y el ambiente paulatinamente se fue refrescando. Y con todo ya hecho allí, aun negando con la cabeza se fue poniendo en pie pausadamente. “Aquí está enterrado también mi corazón” fue lo único que dijo.
Con las primeras brumas del anochecer, abandonó sin prisas el cementerio.








3 comentarios:

Lilyka dijo...

Esta muy bonito Luz, muy triste pero precioso. Supiste captar el dolor que se siente en un caso asi y casi que me pude ver en el cementerio viendo todo, sintiendo el sol y oliendo las flores. Excelente!!!

KaRoL ScAnDiu dijo...

QUé preciosidad mi Luz... arrancarme una lágrima y una sonrisa juntas es algo dificil de conseguir, y los has logrado:D

Un besoooo^^

Alas para volar dijo...

Ya sabes lo mucho que me gustó en su día, hablamos muchas horas de todas estas canciones y películas. Me acuerdo todo lo que especulamos sobre la Hija de Juan Simón, de que murió, que hizo él...

Yo sigo sin haber visto la película, a ver si lo hago uno de estos días.

Besos, esta vez para ti sola!!